sábado, 14 de marzo de 2026

El último suspiro del placer divino.

 



Inicié a fumar a los 14 años, como muchas de aquellas que entramos en el famoso mundo de “Ana y Mía”. Pero el cigarrillo se convirtió en mi mejor amigo, mi aliado, mi suspiro de aire divino, como me gustaba llamarle. Mi mente quedaba quieta, en blanco, en paz absoluta, y solo podía saborear el amargo sabor de la nicotina.

Mis favoritos: los Marlboro rojos, aunque podía fumar cualquiera. Era mi método de escape en medio del caos de fiestas y festivales, de días largos y confusos, de momentos donde, por una decisión absurda, aguantaba hambre queriendo ser más flaca.

Lo amo, lo amaba y siempre lo amaré. Y dejarlo ha sido más difícil que superar una ruptura, porque para mí fumar era un arte, como todo en mi vida. Lo sentía como la sangre en mis venas; sentía cada punzada que emitía el cigarrillo desde que lo sacaba de la caja, cuando encendía la mechera y cuando finalmente lo prendía.

Lo malo: el olor al día siguiente en mis manos y en mi cabello. Inventé mil técnicas, porque los viciosos somos así: buscamos ocultar nuestros vicios de toda forma posible. Pero es casi imposible; al final todo en el entorno nos delata.

Si tuviera que volver a decidir si fumarme el primero, lo haría sin pensarlo. Y, sin pensarlo también, lo dejaría… o al menos lo intentaría.

Llevo años en la lucha sin descanso por no recaer. Pero no buscas algo que amas una y otra vez, y creo que eso es algo que solo entienden quienes estamos atados a algo sucio; en mi caso, el cochino cigarrillo. Sé, por lógica básica, lo que causa en el cuerpo a largo plazo y sus múltiples consecuencias a futuro, pero eso no le resta lo placentero a fumar: un pequeño suspiro de las nubes celestiales mezcladas con nicotina.


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