Muchos hablan de que ser un animal nocturno termina consumiéndonos lentamente, pero… ¿cómo se vive cuando el mundo cotidiano se siente demasiado pesado para uno? Cuando el ruido de las calles, el sol de las mañanas y la rutina de la gente me dejan sorda, ciega e incómoda.
¿Acaso esta forma de vivir es una sentencia de muerte o simplemente una manera distinta de renacer dentro de otro ciclo del mundo?
No tengo una respuesta para ello. Solo sé que siempre hemos sido tres: la noche, la soledad y yo.
Siempre juntas. Siempre tomadas de la mano.
En noches felices y en noches tristes. En aquellas madrugadas donde me quedaba creando arte; en aquellas donde yo misma fui arte ante los ojos de otros. Noches donde disfruté de la música y del cine como si fueran refugios creados únicamente para mí. Noches donde me abrigué entre brazos llenos de mentiras y besé labios que sabían dulces, pertenecientes a distintas personas que pasaron fugazmente por mi vida y por mi cuerpo.
Noches donde las brisas frías golpeaban mi piel mientras regresaba a casa después de bailar hasta sentir los pies agotados. Noches donde, entre lágrimas, miraba a la luna y le hablaba como si pudiera escucharme. Noches donde las estrellas iluminaron mi camino y me guiaron de regreso a casa.
Noches… y muchas más noches por contar.
Porque siempre seré un animal de la noche; una persona condenada —o quizás destinada— a vivir con el horario invertido. Un horario que incomoda a muchos y una vida que otros observan con curiosidad, como si intentaran descubrir qué se esconde realmente detrás de alguien que solo florece cuando el resto del mundo duerme.
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