viernes, 29 de mayo de 2026

El primer hombre.

 Cuando tenía 17 estuve involucrada en mi primera relación sentimental con un hombre, pero mi verdadero primer hombre lo conocí a los 27.


Un par de días después de cumplir años coincidí en la vida con un hombre de cabello oscuro y sonrisa cálida; alguien que apareció sin retumbar en mi vida y con mucha tranquilidad. Alguien a quien decidí ver como un amigo por lo agradable que era para mí, por sus gustos en común conmigo y por lo mucho que fluía la conversación.


Lastimosamente, el corazón no decide igual que la cabeza. El corazón no piensa, solo siente, y una noche de domingo terminé enredada en sus brazos, durmiendo por primera vez en la cama de un hombre que me hizo sentir como una adolescente viviendo algo por primera vez. Mi cuerpo se sentía ajeno, mis labios se sentían suyos, mis miedos estaban afuera de la puerta, porque dentro de esa habitación solo había tranquilidad y risas.


La vida no siempre nos une a quienes conocemos. Muchas veces incluso nos aleja o solo nos permite tener una experiencia maravillosa por unas cuantas horas, porque de eso se trata: de coleccionar recuerdos. Y bueno, este posiblemente termine siendo uno de los más bellos que mi alma atesore.


Siempre le agradeceré a aquel primer hombre por darme calidez después de años de frío invierno; por derrumbar los muros que forjé durante años para protegerme de personas que buscaran herirme y por haber sido el primero con el que pude ser yo misma por una noche.


Él posiblemente nunca regrese a mi vida y seguramente yo no fui su primera mujer, ni mucho menos alguien significativa, pero él para mí siempre será el primer hombre.

La noche, la soledad y una mujer de ojos grandes.

 Muchos hablan de que ser un animal nocturno termina consumiéndonos lentamente, pero… ¿cómo se vive cuando el mundo cotidiano se siente demasiado pesado para uno? Cuando el ruido de las calles, el sol de las mañanas y la rutina de la gente me dejan sorda, ciega e incómoda.

¿Acaso esta forma de vivir es una sentencia de muerte o simplemente una manera distinta de renacer dentro de otro ciclo del mundo?

No tengo una respuesta para ello. Solo sé que siempre hemos sido tres: la noche, la soledad y yo.

Siempre juntas. Siempre tomadas de la mano.

En noches felices y en noches tristes. En aquellas madrugadas donde me quedaba creando arte; en aquellas donde yo misma fui arte ante los ojos de otros. Noches donde disfruté de la música y del cine como si fueran refugios creados únicamente para mí. Noches donde me abrigué entre brazos llenos de mentiras y besé labios que sabían dulces, pertenecientes a distintas personas que pasaron fugazmente por mi vida y por mi cuerpo.

Noches donde las brisas frías golpeaban mi piel mientras regresaba a casa después de bailar hasta sentir los pies agotados. Noches donde, entre lágrimas, miraba a la luna y le hablaba como si pudiera escucharme. Noches donde las estrellas iluminaron mi camino y me guiaron de regreso a casa.

Noches… y muchas más noches por contar.

Porque siempre seré un animal de la noche; una persona condenada —o quizás destinada— a vivir con el horario invertido. Un horario que incomoda a muchos y una vida que otros observan con curiosidad, como si intentaran descubrir qué se esconde realmente detrás de alguien que solo florece cuando el resto del mundo duerme.

Un último suspiro de amor.

 ¿Cómo se olvida a alguien cuando el corazón aún conserva la esperanza de amar un segundo más?

Es la pregunta que me hago últimamente, después de sentir que perdí al “amor de mi vida”. Pero bien dicen los sabios que, si realmente hubiera sido amor, aún seguiría presente en mi vida. Supongo que me acostumbré a confundir la palabra amor con la necesidad de sentir un poco de cariño y compañía.

Me perdí intentando llegar a los labios de una mujer fría, una mujer para quien yo nunca fui suficiente. Me perdí en un bosque de tristeza, mientras la melancolía se apoderaba lentamente de mi cuerpo junto a la nostalgia, esa compañera traviesa que nos engaña y transforma los recuerdos, haciéndolos parecer más hermosos de lo que realmente fueron, cuando en realidad estaban llenos de oscuridad y silencios dolorosos.

Entre la soledad que se instalaba en mi vida cada día y mi inmenso deseo de ser amada, de poder amar sin medida a alguien, terminé perdiéndome por completo. Me encontré llorando en un rincón, preguntándome si realmente valía la pena amar a una mujer que probablemente ni siquiera sabía amarse a sí misma.

Pero nunca encontré una respuesta.

En cambio, me tocó levantarme del suelo y caminar de regreso a casa, porque al final del día la casa seguía siendo únicamente yo. No estaba sucia, porque nadie volvió a entrar en ella, pero se sentía vacía, fría, acompañada de un eco abrasador que retumbaba en cada esquina.

La casa era mi corazón.

Y aun así, muy en el fondo, sabía que algún día alguien nuevo llegaría a habitarla; alguien capaz de recibir el amor que una mujer indecisa jamás supo aceptar.

Narco bloqueo del corazón.

 ¿Recuerdan cuando Carrie hablaba en varios episodios de la situación que atravesaba el país y de que Big tenía el corazón bloqueado para qu...