Hace aproximadamente cinco años conocí al único hombre al que quise, pero a quien también hice sufrir, así él nunca me lo haya dicho en la cara. A quien tienes como opción y nunca eliges; quien está, pero tú no te decides. Yo no fui la Carrie de esta historia, sino Big, y la historia es esta.
Big y yo nos conocimos en una fiesta de Halloween. Ese mismo día nos enredamos: yo fui la mujer más coqueta de la historia y él, otro hombre fácil que cae a los pies de una chica de ojos grandes y sonrisa coqueta. Recuerdo que al día siguiente encontré su número en un hueco libre en el trabajo y decidí escribirle. A los dos días nos vimos de nuevo y ahí comenzó un ciclo infernal para ambos.
Yo me arriesgué a confiar, a abrirme y a mostrar una pequeña parte de mí, pero no recibí lo que yo quería. Y siendo la mujer consentida que creció haciendo todo lo que deseaba en su casa y recibiendo todo lo que pedía, no obtener la respuesta que quería de su boca despertó en mí una mezcla de veneno y rabia que utilicé por años sin darme cuenta de mis acciones.
Iniciamos un ciclo de vernos, pero nunca ser nada, y de yo decir siempre que no estaba lista para una relación y que tampoco la deseaba. Lo irónico fue que casi un mes después de estar saliendo con él conocí a una mujer y, a los pocos días, nos volvimos novias. Muy irónico este chiste y muy agridulce de cierta forma.
Ahí me distancié de él, pero la vida tiene un modo sucio de jugarnos tretas y de ponernos a prueba. Así que me lo encontraba en todos los lugares posibles que frecuentaba en la ciudad, y él o yo volvíamos a caer. Era inevitable. Lo que me hacía sentir era diferente del resto porque, de cierto modo, me interesaba. Era el único a quien escuchaba hablar y se había vuelto un capricho enfermizo que, al mismo tiempo, dejaba tirado cuando veía a alguien nuevo.
Así transcurrimos por años (sí, años; no días y no meses, años… muchos jodidos años). Yo repetía la misma charla de no querer una pareja; él asentía, y yo procedía a tener una novia nueva, a salir con otra mujer o a darle la oportunidad a algún hombre que, como le dije dolorosamente en muchas ocasiones, podría ser el indicado… y yo perdería la oportunidad de conocerlo.
No me malinterpreten: Big tampoco fue nunca el indicado, pero era alguien que estaba. No sé si por amor, por diversión, por masoquismo o por algo más que nunca sabré. Tuve temporadas donde me alejé de él por “respeto” e inicié otras relaciones, pero volvía a verlo. Así que se volvía mi tan querido mozo, como decimos en Colombia: ese alguien escondido. Porque con él podía ser la perra cruel que soy en el fondo; con él no tenía que lucir perfecta; con él siempre me reía y todo me importaba una verga.
Pero había una parte de mí, en lo profundo de mi ser, que sentía que él nunca sería… y que yo tampoco lo era para él. Alentada por esa voz interna decidí distanciarme y ponerle fin. Aún lo pienso, aún lo recuerdo. A veces nos volvemos a cruzar, como si la vida siguiera jugándome una broma sucia y pesada, pero esta vez he decidido mantenerme lejos, porque tengo claro que para mí el amor no es un capricho: es más que eso, más que deseo y amores a escondidas.
Pero siempre diré que ese pudo ser un gran amor, y llevo guardadas las risas que se escuchaban cuando estuvimos juntos.
Donde sea que estés, perdón por ser una perra masoquista. Estaba evolucionando y tú fuiste quien transformó mi vida.
Con amor,
la que se comía tus Froot Loops.